Julián había desempeñado muchos trabajos en su vida: jardinero, camarero, reparador de cañerías, ayudante de pintor, atracador de bancos, taxista, ayudante de ayudante de pintor y gorila de discoteca. Aunque bien es verdad que fue sólo uno de estos trabajos el que le acabó llevando a la cárcel, y como habrán supuesto algunos, fue el de reparador de cañerías.
Por más que Julián intentó explicar al juez que si la anciana se había ahogado fue porqué dejó el grifo abierto, y que las joyas que faltaban las había cogido el portero al acompañarle a la puerta, no hubo nada que hacer. Julián era uno de esos tipos sin suerte, a secas. Nunca, que él recordara, había ganado a cara o cruz. Un par de veces la moneda cayó de canto, pero ya está. Así que el excelentísimo señor juez miró los hechos, miró la cara llena de cicatrices de Julián, miró el fajo de billetes que le pasó el portero por debajo de la mesa (fajo de billetes metido en una bolsa de “Ruiz Joyeros: compramos oro y plata”) y dictó sentencia: 10 años.
En ese momento, en lo único que pensó Julián fue que menos mal que el juez no sabía nada sobre su época de jardinero. Habrían sido bastantes más años.
