Julián había desempeñado muchos trabajos en su vida: jardinero, camarero, reparador de cañerías, ayudante de pintor, atracador de bancos, taxista, ayudante de ayudante de pintor y gorila de discoteca. Aunque bien es verdad que fue sólo uno de estos trabajos el que le acabó llevando a la cárcel, y como habrán supuesto algunos, fue el de reparador de cañerías.
Por más que Julián intentó explicar al juez que si la anciana se había ahogado fue porqué dejó el grifo abierto, y que las joyas que faltaban las había cogido el portero al acompañarle a la puerta, no hubo nada que hacer. Julián era uno de esos tipos sin suerte, a secas. Nunca, que él recordara, había ganado a cara o cruz. Un par de veces la moneda cayó de canto, pero ya está. Así que el excelentísimo señor juez miró los hechos, miró la cara llena de cicatrices de Julián, miró el fajo de billetes que le pasó el portero por debajo de la mesa (fajo de billetes metido en una bolsa de “Ruiz Joyeros: compramos oro y plata”) y dictó sentencia: 10 años.
En ese momento, en lo único que pensó Julián fue que menos mal que el juez no sabía nada sobre su época de jardinero. Habrían sido bastantes más años.
Así que se despidió de su madre, de su hermana, de su novia y de su libertad. Sin duda alguna, a la que más iba a echar de menos sería a su madre, pensó Julián mientras le metían en una sucia celda, en la que le recibió con los brazos abiertos su compañero de celda, un ratero gordo, tan gordo que nunca podía cerrar los brazos.
Era un tipo con tanta hambre que los rumores de la cárcel decían que se había comido a su anterior compañero de celda. Él lo negaba, y decía que sólo le había mordisqueado los dedos, y no le gustó lo que cató. Por si acaso, Julián siempre se mantuvo lo más sucio y con la pinta lo menos apetitosa posible, lo cual es más dificil de lo que parece, no basta con dejar de llevar una cereza de birrete.
De forma que así dio Julián con sus huesos en la cárcel. Ya hemos dicho que no tenía suerte, y es que no la tenía. Siempre fue un niño de lo más despierto, quizá no inteligente, pero sí muy listo, si esto tiene algún sentido. Pero una vida de avatares, eventualidades, desdichas y otras palabras igualmente largas y malsonantes le llevaron a donde le tenemos ahora mismo.
Con admirable estoicismo, Julián se acomodó en su celda y se dispuso a pasar los próximos 10 años de su vida. Pero como ésta no es una historia de cárceles, o bien dejamos a Julián de lado y hablamos de otras cosas, o explicamos cómo salió de la cárcel, que es a lo que vamos.
Antes tenemos que decir que Julián realmente se disponía a cumplir los 10 años. Conocía su suerte demasiado bien como para pensar que algo le sacaría de allí, así que hizo los amigos necesarios para seguir vivo, se mantuvo alejado de las duchas y leyó noche y día. Siempre le había gustado leer, y en su gran cabeza guardaba multitud de datos, útiles e inútiles, extraídos de la más variada literatura.
Sus días transcurrían entre artículos de revistas de cocina, literatura policiaca, ensayos científicos y los ingredientes de un tubo de pasta de dientes, que es lo que leía siempre que iba al baño.
Pero un día ocurrió algo inesperado. Bueno, inesperado para Julián, porque a los lectores ya les he dicho que saldría de la cárcel. Serían más o menos las tres y veintisiete minutos de la madrugada cuando Julián se despertó al ser sacudido por alguien. Esto le fastidió bastante, ya que se encontraba en medio de uno de esos sueños que los presos tienen a veces, para su extremo deleite: un zoo de mascotas lleno de cabritillos, cachorros y otros adorables animales bebé.
“¿Qué?”-preguntó Julián enfurruñado.
“Julián, despierta, vengo a buscarte desde el futuro.”-respondió una voz extraña en la oscuridad.
“Vaya por Dios.”-pensó Julián-“Ya se ha torcido la tarde.”
Se incorporó de la cama y lo primero que le extrañó es que el Gordo no roncaba. Sus terribles ronquidos, parecidos a estertores de muerte de un mamut muriendo de cáncer de pulmón, le habían amenizado todas y cada una de sus noches en la cárcel. Sin embargo, hoy estaba callado. Lo segundo que le extrañó fue el curioso hombrecillo que le miraba fijamente desde los pies de la cama. No debía medir más de 1,60, y esto siendo generosos, y vestía un traje oscuro con camisa blanca y corbata oscura. Julián se preguntó si el país iba tan mal que mandaban a los de Hacienda a recaudar a las prisiones. Mientras se disponía a levantarse a buscar su declaración del año pasado, el hombrecillo se presentó.
“Soy el agente temporal Temprano, y he venido a reclutarte.”-dijo solemnemente, como quien se presenta a un ministro.
A Julián esto le pareció bastante bien, pero las solemnidades a altas horas de la noche siempre le incomodaban, de manera que dijo lo único que se le ocurrió.-“Yo también he estado de contrato temporal, y es una mierda. Un día te dicen que no vuelvas y si te he visto no me acuerdo.” El agente Temprano pareció no comprender demasiado bien, y se quedó pensativo un par de segundos, observando a Julián.-“No se qué es un contrato temporal, pero yo pertenezco a la Agencia Temporal, y tenemos que irnos en breve… esto es, si acepta trabajar para nosotros.”
Julián pensó que quizá debería explicarle a Temprano que estaban en la cárcel, y que uno no salía de allí ni en breve ni en nada, sólo cuando le soltaban. Aunque también pensó que el peculiar agente había entrado con facilidad, de manera que quizá podía también salir. Su tren de pensamientos se vio desviado finalmente a cuestiones más inmediatas.-“¿Qué le has hecho al Gordo? Parece muerto.” Temprano sonrió con orgullo.-“Sólo está desvanecido. Según la norma 12.543, todo posible testigo debe ser adormecido siguiendo el procedimiento habitual para evitar alteraciones en el Tiempo.” Julián le dio un par de bofetadas al Gordo para comprobar su estado, y otro par más aprovechando que podía.-“¿Procedimiento habitual? ¿Algún somnífero futurista?”
“No. Una hostia en la nuca.”
“Ah.”-dijo Julián con aprobación. Él mismo había usado el método a menudo.
“¿Entonces aceptas el trabajo o no?”-dijo Temprano con impaciencia, mirando un reloj-calculadora que llevaba en la muñeca. La verdad es que no tenía ni idea de qué trabajo le estaban ofreciendo, pero la mayoría de los empleos de Julián habían empezado de manera similar, y éste además le iba a sacar de la cárcel.-“Sí. Hago la maleta y un pis y nos vamos.”
“No hace falta, el viaje será en un abrir y cerrar de ojos.”-dijo Temprano. Y no mentía, porque en ese momento Julián parpadeó, y cuando abrió los ojos ya no estaba en la cárcel.
“¡Temprano llegas tarde de cojones!”- gritó una voz en el oído de Julián. Éste se giró para explicarle al individuo que era de mala educación gritarle en la oreja a alguien que acaba de teletransportarse, pero su reprimenda se vio interrumpida por la respuesta del propio Temprano. – “Lo sé, pero ya sabes cómo está el tráfico a estas horas, que parece que todo el mundo elige la misma hora para viajar en el tiempo.” Por ilógico que sonara esto, pareció argumento suficiente para el desconocido interlocutor, que asintió con un gruñido y les apremió a salir de su ducha, lugar en el que se encontraban los tres en el transcurso de este breve diálogo, estando sólo dos de ellos vestidos. De manera que Julián y Temprano salieron de la ducha ligeramente más mojados de lo que habían llegado a ella y dejaron atrás al enfurecido inquilino, que regresó afanoso a su higiene personal aderezándola con algunas estrofas cantadas con la gracia de un cuarteto de gatos despellejados con una cuchara.
Habiendo salido del pequeño apartamento (y llamarlo pequeño es un eufemismo aplicado para no herir los sentimientos de su dueño) Julián se vio arrastrado por Temprano por un largo pasillo transitado por innumerables individuos de vestimenta similar a la de su ¿libertador? Hombres y mujeres trajeados recorrían a paso ligero los laberínticos pasillos por los que Temprano avanzaba como alma que lleva el diablo, o como un tío con mucha prisa, vaya. –“¿Se puede saber a dónde vamos?- preguntó nuestro ex-recluso, un poco harto ya de tanto misterio y tanta narrativa acelerada. Una cosa es que no le hubieran dejado hacer la maleta, pero si había una norma que la madre de Julián le había inculcado desde pequeño, y éste había seguido a rajatabla, era la de hacer un pis antes de salir de viaje. Y vive Dios que le pesaba a su vejiga no haber seguido esa norma. –“Vamos al despacho del agente Siempre, que nos espera desde hace 8 cuartos de segundo.”
-“¿Nos espera Siempre?”
-“Hombre, siempre, siempre no, pero hoy sí…”
Meditando sobre este diálogo de besugos Julián se dejó arrastrar los últimos metros hasta una puerta de aspecto robusto donde lucía un cartel que decía: “Agente Siempre”.
La robustez de la puerta quedó en entredicho en el momento en que reventó en mil pedazos dando paso al cuerpo en volandas de otro trajeado, que aterrizó unos metros fuera del despacho, se levantó, se sacudió las virutas y se recolocó dignamente el traje, para acto seguido alejarse como si tal cosa. Igualito que cuando uno se cae por la calle y se levanta fingiendo que no ha pasado nada, pensó Julián.
-“¡Y ni se le ocurra volver sin el informe!”
Continuará…
Muy bueno, me gusta.
Xa cuándo te editan el libro?