Archive for March, 2009

Killzone 2, ¡Qué decepción!

Hay gente que es fácilmente manipulable por la publicidad, yo soy uno de ellos. La semana pasada me la pasé babeando después de ver el alucinante trailer del Killzone 2, la nueva estrella de la PS3, esperando cualquier momento para poder ir a comprármelo.
killzone2 

 

Afortunadamente, la semana pasada también me pillé una bronquitis grave, no sé si relacionada con un viaje a Gijón regado con mucho alcohol, y en el que me expuse al frío asturiano sin abrigo ni nada, así de chulo soy. El caso es que entre el dolor de cabeza provocado por la fiebre y la somnolencia de las medicinas, lo último que me apetecía era pasarme por el Carrefour de al lado de mi trabajo a comprarme el juego.

 

 

Aún así, el viernes vi en el PSstore, que me podía descargar la versión demo del juego, y a ello que me puse. La condenada demo pesaba más de un giga, y tuve que dejar la Play encendida toda la noche, con la consiguiente regañina de mi padre (sí, tengo veintiséis años, y mis padres aún me regañan, también vivo con ellos, aunque eso no me hace destacar teniendo en cuenta el país en el que vivo). En fin, ahí estaba yo, con mi paquete de clínex, mi infusión de hierbas medicinales, y mi mando de la Play, sentado en un taburete frente al televisor. La cara que se me quedó al finalizar la demo no habría sido nada distinta de no haber estado dopado hasta las cejas. Continue reading ‘Killzone 2, ¡Qué decepción!’

Una absurda historia del Tiempo

Julián había desempeñado muchos trabajos en su vida: jardinero, camarero, reparador de cañerías, ayudante de pintor, atracador de bancos, taxista, ayudante de ayudante de pintor y gorila de discoteca. Aunque bien es verdad que fue sólo uno de estos trabajos el que le acabó llevando a la cárcel, y como habrán supuesto algunos, fue el de reparador de cañerías.

Por más que Julián intentó explicar al juez que si la anciana se había ahogado fue porqué dejó el grifo abierto, y que las joyas que faltaban las había cogido el portero al acompañarle a la puerta, no hubo nada que hacer. Julián era uno de esos tipos sin suerte, a secas. Nunca, que él recordara, había ganado a cara o cruz. Un par de veces la moneda cayó de canto, pero ya está. Así que el excelentísimo señor juez miró los hechos, miró la cara llena de cicatrices de Julián, miró el fajo de billetes que le pasó el portero por debajo de la mesa (fajo de billetes metido en una bolsa de “Ruiz Joyeros: compramos oro y plata”) y dictó sentencia: 10 años.

 

En ese momento, en lo único que pensó Julián fue que menos mal que el juez no sabía nada sobre su época de jardinero. Habrían sido bastantes más años.

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