El domingo comenzó bien. Tarareando por la acera, en una mañana soleada, con una cierta resaca que mermaba con cada bocado que le daba a una madalena con motas de chocolate. Por mi cabeza se mezclaban melodÃas de piano, risas, dedicatorias en un libro, texas hold’em y alguna que otra cosa más de la que no procede hablar aquÃ.
Asà que tras dormir una larga y merecida siesta, decidà ir al cine, que es un plan tan de domingo como limpiar el coche, ir a patinar al Retiro o ver el fútbol en un bar con suelo cubierto de cáscaras de cacahuete. Y nos metimos a ver El curioso caso de Benjamin Button, lo último de ese maestro llamado David Fincher.
Yo siempre digo que cada año que pasa me lo paso mejor, y mi vida es más extraña. Éste último año no ha sido una expcepción. De manera que voy a instituir la costumbre de recapitular cada año de mi vida, para luego poder compararlos y observar la gráfica ascendente de mi vida bizarra.
De lo único que me puedo jactar, para bien o para mal, es que siempre he hecho mi propia música, sin bailar al son de la de nadie. Que nadie te diga que sólo hay una canción que merece la pena cantar.
Anoche, apertrechados en casa y a la luz de un falso directo de 625 lÃneas, fuimos testigos de cómo a veces se premia a los justos merecedores, escapando asà de esa tradición del culto al mediocre que es tan española como tirar los huesos de aceituna al suelo del bar.