Escribo estas lÃneas enfundado en un albornoz, desde mi habitación de hotel en Santiago. Acabo de llevar a cabo uno de mis rituales preferidos durante un rodaje: el baño de después.
Hoy hemos estado rodando en un rÃo (cámaras plantadas en medio de la corriente incluidas) y ha sido un dÃa bastante agotador. Al terrible calor se le suman las prisas de un lunes, los insectos y un rÃo bonito pero sucio. Por suerte, al final me he librado (por los pelos) de meterme en el agua, a diferencia de mis compañeros los eléctricos y los operadores, ayudantes y auxiliares de cámara. Menos mal, porque por las aguas agitadas de Sigüeiro bajaban unos espumarajos que dejaban a los de los niños catalépticos japoneses a la altura del betún. Hasta me pareció ver algún pez de tres ojos, nadando burlón entre los trÃpodes y practicables.
Aun asÃ, al llegar al hotel y he llenado la bañera de agua caliente, para acto seguido sumergirme hasta las cejas. Y ha sido en ese momento de calma cuando se me ha ocurrido escribir este post. Y es que las bañeras han sido siempre muy importantes, históricamente hablando. Desde el célebre ¡Eureka!, vitoreado desde una pila de Siracusa por el amigo ArquÃmedes al descubrir su famoso principio, pasando por la muerte de Marat a manos de Charlotte Corday (u otra cierta longeva damisela, si hacemos caso de lo que cuenta Katherine Neville). Hay bañeras famosas como la de la gruta de Hugh Heffner, de proporciones erotásticasâ„¢, la del jugador de ajedrez Paul Morphy, en la cual apareció muerto estando ésta llena de zapatos de mujer, o la bañera de Jack en el Hotel Overlook. En fin, que un servidor disfruta enormemente de un baño, a pesar de saber que es un gasto de agua y que hay sequÃa, pero, ¿por qué demonios tengo yo que pagar el hecho de que los niños catalanes no tengan piscinas este verano? Para algo tienen el mar cerquita.



